Dos errores en nombre de la libertad
El miedo al futuro como la huida de la responsabilidad son formas de no pensar.
Leí el artículo de Milei en el Financial Times y la respuesta de Carrió el mismo día Carta al pueblo Argentino.
Milei dice: "Si la IA toma decisiones impredecibles, necesitamos que sus creadores tengan responsabilidad limitada, o nadie invertirá en ellas".
Carrió (y la ética de Jonas) diría: "Si la IA toma decisiones impredecibles y causa daño, alguien tiene que ser responsable civil, penal y moralmente. Si nadie es responsable, estamos ante una tiranía".
Me quedé pensando en los dos, porque ambas ideas me inquietan, pero por razones opuestas.
Carrió tiene razón en el diagnóstico emocional: algo importante está en juego cuando la inteligencia artificial avanza sin que nadie se haga responsable de nada. El miedo que siente es real, y no me parece irresponsable sentirlo. Pero su solución —convocar al Estado regulador como guardián de la libertad— me resulta históricamente ingenua. Arcaica.
El Estado no ha sido, en la práctica, el defensor de la libertad humana. Ha sido, con demasiada frecuencia, su principal verdugo. Pedirle al regulador que nos proteja de la tecnología es como pedirle al carcelero que nos enseñe a escapar.
Milei, en cambio, parte de una intuición que comparto: la regulación prematura mata la innovación, y la historia del progreso es en gran medida la historia de ideas que sobrevivieron a sus censores. La analogía con la Compañía Holandesa de las Indias Orientales no es caprichosa —hay algo genuinamente poderoso en la idea de que los marcos jurídicos liberan energía productiva. El problema es que su solución concreta traiciona el principio que intenta defender.
Proponer que una entidad no humana —un agente de IA, un algoritmo— tenga personalidad jurídica propia y responsabilidad limitada no es liberar el mercado. Es exactamente lo contrario: es pedirle al Estado que invente una ficción legal para blindar a los creadores de IA de las consecuencias de sus propias decisiones.
El Estado no desaparece en ese esquema; se convierte en el garante de la irresponsabilidad privada. Eso no es capitalismo de libre mercado. Es socialización de los riesgos con privatización de las ganancias, el modelo más viejo y más corrupto que existe.
Aquí probablemente sea útil recordar a Hayek, no el Hayek de consigna que se cita para justificar cualquier desregulación, sino el Hayek que pensaba seriamente en el problema de la responsabilidad.
Para él, el precio —la señal de mercado— solo funciona si quien toma las decisiones asume las consecuencias. Un sistema donde el creador de una herramienta potencialmente peligrosa puede escudarse detrás de una persona jurídica no humana no produce información correcta ni incentivos correctos. Produce exactamente el tipo de riesgo moral que el mercado libre debería eliminar.
La máquina no decide. La máquina ejecuta. Detrás de cada agente de IA hay ingenieros, inversores, fundadores —personas concretas que tomaron decisiones concretas sobre qué optimizar, qué permitir, qué ignorar. Darle a esa cadena de decisiones humanas el paraguas de una entidad no humana con responsabilidad limitada no protege la innovación, protege la impunidad.
Lo que yo defendería es algo más simple y más difícil a la vez: libertad absoluta para crear, sin burocracia previa, sin permisos, sin comités de ética estatales que decidan qué tecnología merece existir. Pero con responsabilidad humana plena y directa sobre lo que se construye.
Si tu IA daña a alguien, respondés vos. Con tu patrimonio, con tu reputación, eventualmente con tu libertad. Eso no frena la innovación —la disciplina. Le exige al creador que piense antes de desplegar, que diseñe con cuidado, que no externalice el riesgo al público.
Carrió confunde libertad con seguridad garantizada por el Estado. Milei confunde libertad con impunidad garantizada por una ficción jurídica. Los dos parten de un miedo distinto —ella al futuro tecnológico, él al pasado regulatorio— y los dos llegan a una solución que refuerza al Estado en lugar de reducirlo.
El verdadero mercado libre no necesita que el gobierno cree nuevas categorías legales para que los emprendedores se animen a innovar. Necesita que los emprendedores se animen a innovar sabiendo que si algo sale mal, son ellos quienes lo pagan. Esa es la diferencia entre un fundador y un apostador con dinero ajeno.
La inteligencia artificial es una herramienta extraordinaria. Como todo lo extraordinario, exige personas extraordinariamente responsables detrás. No sujetos con responsabilidad limitada, sino personas con responsabilidad ilimitada sobre sus propias creaciones.
Yo sigo sin saber exactamente qué va a pasar con todo esto. Pero sé que cuando algo falle — y algo va a fallar — alguien va a tener que dar la cara. Prefiero que ese alguien sea una persona real, no una ficción legal bien diseñada.
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